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>> sobre su propia grandeza pasada y su propio orgullo herido.
Despierta Argentina. La realidad es bastante desgraciada y desagradable
pero el coraje para cambiarla (el pesismismo de la razón y el optimismo
de la voluntad, recordava un pensador italiano del siglo pasado) se encuentra
también en los pliegues de aquel orgullo insolente con el que Diego
Armando se burlaba del adversario, o en la sensualidad ingenua y perversa
de algunos pasos de tango de salón. Otra vez estereotipos. Necesarios,
esenciales.
Estereotipos, imágenes, que en los carteles de la exposición
se cruzan con matáforas de cruda y desencantada realidad. Una caja
de cerillas totalmente quemadas, un sintecho que duerme apoyado en una
acera, un alambre punzante que rodea la sociedad. Pocas son las imágenes
serenas, muchos los gritos de denuncia. Son carteles de nuestro tiempo,
más o menos bien resueltos gráficamente, más o menos
bonitos, pero todos significativos porque abren una ventana en la tentativa
de la comprensión de un retazo de vida que intenta obstinada escapar
para refugiarse entre los notas de un acordeón.
Nosotros no somos sólo aquel acordeón o aquel golpe con
el tacón, nos dicen los jovenes gráficos de la exposición.
Nosotros somos Argentina, repiten, y Dios es uno de nosotros.
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