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llevando mi laptop. Era el principio del gobierno de Fernando Henrique Cardoso y del "Plano Real", que puso la economía del país en vías de solucionar la hiperinflación para después acabar con ella.

Para mi espanto, mis amigos brasileños en aquel tiempo aún pagaban las cuentas de los bares (como los clásicos cafés con pan de queso) con cheques. Por mi parte, víctima de una desinformación terrorista, no salía a las calles con mi reloj y tenía siempre bastante dinero en mi bolsillo (precaución que aún cultivo) para no molestar a eventuales ladrones. Como una esponja estaba expuesto a todo, a cualquier tipo de manifestación de cultura “pop” brasileña, hasta la más “trash”. Obviamente buscaba los íconos de mi “Brazil” imaginario: el fútbol, la naturaleza, la belleza de las mujeres, el carnaval... En fin, fue una inmersión completa e inebriante en esta cultura tan diferente y tan parecida.

Hoy, ocho años después, ya más “tropicalizado”, en las 27 piezas gráficas veo principalmente una característica que admiro mucho en este pueblo: el orgullo de ser brasileño, sin pretensión y también sin cinismo, con una crítica social que no se transforma en victimismo.

En las imágenes aparecen muchas veces los símbolos –digamos- turísticos, pero no veo en eso una “estética da pobreza” sino la visión de quien intenta explicar Brasil con “s”, para quien de Brasil sólo conoce los estereotipos.

A pesar de todo, debo admitir que en las piezas eché en falta una pelota de fútbol rodando, el grito “es campeón”, las "bicicletas" de Robinho y los regates de Roberto Carlos... pero cada uno es prisionero de sus mitos, gracias a Díos, que es brasileño.
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